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La Biblia y las películas nos dan muchas luces de la manera en que murió Jesús; clavado en una cruz luego de un extenso vía crucis tras haber recibido 39 azotes. Sin embargo, historiadores e investigaciones científicas dan cuenta de las torturas y la real causa de muerte del Mesías.
Recordemos que el fallecimiento de Jesús de Nazaret ocurrió en la provincia romana de Judea (hoy Palestina) bajo el mandato de Poncio Pilato, aproximadamente entre los años 30 y 33 de nuestra era.
Los registros históricos y los análisis forenses modernos, como el estudio dirigido por el doctor William Edwards en 1986, detallan que el proceso comenzó con una flagelación severa que lo dejó en un estado de shock hipovolémico antes de llegar al sitio de ejecución.
El instrumento utilizado por los soldados romanos fue el flagrum, un látigo con tiras de cuero que terminaban en bolas de metal y fragmentos de hueso de oveja. Este elemento no solo desgarraba la piel, sino que penetraba en los músculos esqueléticos, produciendo laceraciones profundas y una pérdida de sangre considerable.
Según los investigadores, este castigo previo era una fase normativa diseñada para debilitar al prisionero sin llegar a matarlo prematuramente.
Al llegar al Gólgota, el método empleado fue la crucifixión, una técnica de ejecución que los romanos perfeccionaron para maximizar la agonía y el carácter público del castigo.
Las fuentes arqueológicas, como el hallazgo de los restos de Yehohanan en la zona de Giv’at ha-Mivtar en 1968, confirmaron que los clavos no se colocaban en las palmas de las manos, sino en los espacios entre los huesos del carpo o en el antebrazo para soportar el peso del cuerpo.
La crucifixión no era un castigo aplicado de forma azarosa, sino que seguía un protocolo jurídico romano estricto para los delitos de sedición o rebelión contra el Imperio. El historiador Flavio Josefo, en su obra “La guerra de los judíos”, describió este método como “la más lamentable de las muertes”.
Los condenados solían cargar solo el patíbulo, que era el travesaño horizontal de la cruz, ya que el poste vertical permanecía fijo en el lugar de las ejecuciones.
La altura de la cruz en el caso de Jesús fue probablemente baja, lo suficiente para que los pies quedaran a pocos centímetros del suelo, lo cual facilitaba el ataque de animales carroñeros una vez fallecido el reo. Sin embargo, el relato de la esponja con vinagre mencionada en las crónicas de la época sugiere que el rostro de la víctima estaba al alcance de una vara corta o hisopo, confirmando una elevación estándar de dos a tres metros.
El descubrimiento de un hueso de talón atravesado por un clavo de hierro en una tumba de Jerusalén en 1968 cambió la percepción académica sobre la posición de las piernas. El arqueólogo Vassilios Tzaferis documentó que las piernas de los ejecutados se flexionaban hacia los costados del poste vertical y se fijaban con un solo clavo que atravesaba ambos huesos calcáneos. Esto impedía cualquier movimiento de alivio durante la agonía.
La posición del cuerpo en la cruz obligaba a la víctima a realizar un esfuerzo muscular extenuante para poder exhalar. El médico forense Frederick Zugibe, en sus investigaciones sobre la biomecánica de la crucifixión, determinó que la causa principal de la muerte fue una combinación de shock hipovolémico y asfixia por agotamiento.
Para respirar, Jesús debió apoyarse en los clavos de sus pies, lo que generaba un dolor agudo en los nervios crurales, explica el experto.
En el artículo “On the Physical Death of Jesus Christ”, publicado en la revista JAMA, se explica que el “agua y sangre” que salió del costado tras la lanzada del soldado romano tiene una explicación fisiológica clara.
Los autores sostienen que se trató de una efusión pericárdica y pleural, consecuencia del estrés físico extremo y la falla cardíaca inminente. El suero claro (agua) se separó de los glóbulos rojos (sangre) en el espacio que rodea al corazón.
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